Por Presbítero Marcelo Barrionuevo
El Evangelio de hoy nos presenta a Tomás, que dice con total honestidad: “Si no veo… si no toco con mis dedos las llagas… no voy a creer”. Y podríamos pensar que Tomás está equivocado, pero si somos sinceros, representa muy bien al hombre de hoy, al hombre de 2026. Hombre escéptico y manejado por una virtualidad que solo produce estímulos sensoriales y no apertura reflexiva. Vivimos en una cultura donde todo tiene que comprobarse: lo que no se ve no cuenta, lo que no se puede medir se pone en duda. Queremos evidencias, resultados, garantías, y también le pedimos eso a Dios.
Pero aquí aparece algo muy importante: Jesús no rechaza la búsqueda de Tomás, no le dice “cree sin pensar”, no desprecia su necesidad de comprender. Al contrario, Jesús sale a su encuentro y le muestra sus llagas. Esta actitud de Cristo, que es también la de la Iglesia de hoy, no es rechazar al que se pregunta sino de abrir las posibilidad de apertura a la fe y la verdad.
II- Entonces surge la pregunta clave: ¿eso significa que la fe depende de ver milagros? No. Porque el Evangelio no dice que Tomás haya tocado, dice que creyó. ¿Qué fue lo que lo hizo creer? No fue la prueba, fue el encuentro. El dialogar con el Mesías resucitado le sirve a Tomás para abrirse a una fe verdadera. Muchas conversiones vienen por este lado, por el encuentro con Cristo.
Hermanos, la fe en Cristo resucitado hoy no nace de pruebas, nace de experiencias de encuentro. Y esto es fundamental para el hombre de hoy. Porque quizás hoy muchos no “ven” a Jesús físicamente, pero pueden experimentarlo de otras maneras: en una paz que no se explica, en una herida que empieza a sanar, en una comunidad que sostiene, en alguien que perdona cuando parecía imposible.
De modo especial en la reconciliación cuando pedimos perdón de nuestros pecados en la confesión. Ahí el Resucitado se hace presente.
El problema no es que falten pruebas; el problema muchas veces es que no reconocemos los signos. Queremos un Dios espectacular, pero Él se manifiesta en lo cotidiano; queremos certezas absolutas, pero Él entra en la historia concreta de cada uno.
Y allí, en ese encuentro con Dios por la oración, por las Gracias, por los sacramentos entramos a un dialogo profundo con Cristo Resucitado.
III- ¿Cómo anunciar entonces la fe en 2026? No imponiendo ideas ni discutiendo teorías, sino mostrando algo mucho más fuerte: vidas transformadas por la conversión de la Gracia. Hoy día de la Divina Misericordia la Iglesia nos espera a recibir las gracias inmensas de su promesas.
La fe se vuelve creíble cuando alguien herido no se vuelve amargo, cuando alguien caído vuelve a levantarse, cuando alguien solo encuentra comunidad, cuando alguien culpable descubre el perdón. Eso no se puede demostrar en un laboratorio, pero se puede experimentar. La vida interior es el mejor resultado de un proceso de encuentro con Dios.
Jesús hoy también dice: “Acércate… mira mis llagas”, y sus llagas siguen presentes en los que sufren, en los que dudan, en los que buscan sentido. Por eso, creer hoy no es cerrar los ojos, es abrirlos de otra manera, es aprender a ver a Dios no solo en lo extraordinario sino en lo profundamente humano.
IV- Hermanos, el hombre de hoy no necesita primero explicaciones, necesita testigos, personas que puedan decir como Tomás: “He pasado por la duda, pero me encontré con Él”.
Que pidamos hoy esa gracia: no tener todas las respuestas, pero sí tener una experiencia real del Resucitado, y que nuestra vida sea el lugar donde otros puedan ver lo que no pueden tocar.
Amén.